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Crónicas > Nº2 (Primer semestre de 2012)
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PERDERSE EN FRAILES

 (Guía para una visita histórica y cultural)

 Textos: María Teresa Murcia Cano

Cronista Oficial de Frailes

Fotografías: Antonio Jesús  Aguilera Ramírez

Aspectos geográficos e históricos. Situado en la comarca de la Sierra Sur jiennense, el término tiene una extensión de 41,38 km2. y una altitud media de 1.228 metros. Destacan los cerros de La Martina (1.555 m.), Sierra del Trigo (1.645 m.) y El Paredón (1.645 m.). Su población es de 1.775 habitantes, que se distribuye por un dilatado casco urbano y por núcleos diseminados como Los Rosales, Majada Abrigada, Los Bailaores, Los Barrancos, Cañada Alcalá, Cañada Nogueras, Cerrillo del Ciego, La Dehesilla, El Nogueral, Las Parras, Puerto Blanco y Solana de la Parra. Su clima es mediterráneo continentalizado, con inviernos fríos y secos, veranos calurosos; y primaveras y otoños lluviosos. Sin embargo, en verano, al caer el sol, la temperatura se dulcifica y hace que la noche sea idónea para que los vecinos se sienten en la puerta de la casa a “tomar el fresco”.

Atraviesan el pueblo los arroyos de La Martina y Los Barrancos. El monte mediterráneo, aunque degradado, sigue majestuoso en los parajes naturales más serranos. La encina continúa como reina y señora de la montaña. La vegetación de las próximidades de los arroyos es la típica de ribera, tales como juncos, carrizos, anea, etc. En el paisaje humanizado están presentes los cultivos leñosos, olivos y vides y, en los valles, las huertas y los frutales para el autoconsumo. La fauna autóctona está concretada en varias especies de anfibios, mamíferos y aves, entre las que sobresalen las rapaces, como el águila perdicera y el ratonero común. El gentilicio de los habitantes es “frailero”.

El nombre de Frailes procede de Alfralyas, vocablo con el que se conocía el lugar en época árabe, si bien, en su término podemos encontrar restos neolíticos y prerromanos. Después de la conquista castellana de 1341, se le consideró como Sitio, dependiendo juridicamente de Alcalá la Real hasta su definitiva independencia el 25 de diciembre de 1835, y ya con el título de Villa. A partir de ese momento se iniciaron una serie de desmontes, a fin de disponer de nuevas tierras para el cultivo. En el Ayuntamiento destacó la figura de David Garrido, alcalde y ferviente monárquico, con una agitada vida política. La epidemia de cólera morbo asiática del XIX golpeó con dureza a la población. En los inicios del siglo XX no mejoró la precaria situación económica y política, aunque se hicieron progresos, como la instalación del alumbrado público (1911).

Con la proclamación de la II República, la coalición repúblicano-socialista, encabezada por Manuel Álvarez Romero, se hizo cargo del gobierno municipal (15-04-1931). Los trágicos sucesos de la guerra de 1936 dejaron luto y dolor. El Consejo Municipal dio salida a la crítica situación. Durante los tres años de guerra, Frailes permanació fiel al gobierno republicano y con el frente a poca distancia en “La Cabeza del Molino”, los bombardeos fueron duros y muchas de las casas se convirtieron en “hospitales de sangre”. Tras la posguerra y el franquismo, en las primeras elecciones municipales democráticas (1979) los fraileros eligieron como alcaldesa a una mujer, Encarnación Anguita Delgado, la única en toda la provincia. Tres hombres le han sucedido en la Alcaldía, uno de los cuales, Antonio Cano García, estuvo en el cargo veinte años.

Frailes y sus gentes se abren al nuevo milenio con esperanza y dispuestos a trabajar por un futuro que, partiendo de sus tradiciones, alcance un desarrollo digno, que haga de este municipio un verdadaro paraíso en el sur de la provincia.

Iglesia de Santa Lucía.  Como tantas otras iglesias debe su origen a una ermita. En 1550 Pedro de Valencia construyó a sus expensas ésta, en un solar que adquirió a Bartolomé Fernández de Montemolín, y costeó la imagen de Santa Lucía. En 1576 estaban trabajando en las obras los albañiles Domingo y Gregorio Ruiz. Acabada la ermita, Valencia trajo al visitador de la Abadía, Sancho Trujillo, que la bendijo y consagró. El mecenas y fundador convidó en la inauguración a los clérigos alcalaínos y a otras personalidades.

En 1688, el maestro Manuel García del Álamo construyó el retablo del Rosario, hoy desaparecido. En 1778, poco antes de que se erigiera en parroquía, se trajo la pila bautismal de la iglesia alcalaína de la Mota. Tres años más tarde se consolidó la devoción a Nuestra Señora de los Dolores.

En el siglo de las grandes reformas (XVIII) la iglesia frailera se convirtió en ayuda de parroquia de Santa María la Mayor, de Alcalá la Real (1778). Se hicieron nuevas obras a cargo del maestro Jacinto Pérez, que consistieron en alargar la nave y construir una capilla mayor, que no había.

En la segunda mitad del siglo XIX, la iglesia estaba dedicada a la Virgen de los Dolores, y las dimensiones del edificio no eran suficientes para el número de vecinos. Tenía un retablo, compuesto por varios cuadros, y presidido por una imagen de talla de la Dolorosa, atribuida a José de Mora. En la nave existían únicamente tres altares. De esta época era la puerta de madera con clavería, fechada en 1852.

A finales del siglo XX y de la mano del párroco Alberto Jaime Martínez Pulido, que luego fue nombrado “Hijo Adoptivo” de Frailes, se realizó la reforma que hoy podemos contemplar, manteniendo los elementos antiguos pero con proyección al nuevo milenio. De esta etapa es el magnífico artesonado que se hizo en Atarfe (Granada), en el taller de “Los Tres Juanes”.

Entre los elementos más antiguos todavía destaca la torre-campanario, con tres campanas, que llevan los sonoros nombres de Nuestra Señora de los Dolores, San Rafael y Virgen de las Mercedes.

En el interior se guardan, además de la pila bautismal, en piedra de cantería, las siguientes obras escultóricas: imagen de la Virgen de los Dolores, obra de Alfredo Muñoz Arcos; un Nazareno, del siglo XVIII, del trinitario fray Juan de la Misericordia; y una Santa Lucía, del siglo XIX, que se encontraba en la capilla de un cortijo de Jerez de la Frontera. El Cristo crucificado que preside el presbiterio es obra de Manuel Salvador, comprado en Santarrufina de Madrid y fechado en la década de los ochenta del siglo XX. Entre la pintura y rememorando  el cuadro perdido que representaba la cabeza de San Juan Bautista -atribuida a Valdés Leal-, se colocó un retablo lateral con tres cuadros: un Crucificado, datado en el siglo XVII y perteneciente al círculo de Pacheco, en el que podemos observar los campanarios de la ciudad de Écija; dos ángeles de pasión; y una cabeza de San Juan Bautista, tal vez del círculo del mismo Valdés Leal. Y en otros lugares del templo un Cristo del Paño, obra de Pepi Campanario; San Pedro, de Carmen Esteo, patrón de la localidad; y un cuadro de San Miguel, bajo cuya protección estaba la feria de ganado de otoño.

Guarda el tesoro parroquial un cáliz de plata y un portaviático muy interesantes. Además hay que mencionar los libros de bautismos, matrimonios y defunciones (de 1779 a nuestros días), que se custodian en el Archivo Parroquial.

Antiguo Balneario Ardales. El nombre proviene de la palabra prerromana ”Harda”, que significa ardilla; o acaso del árabe, “Jardín de Alhá”, con lo cual “tierra de Alá” sería un significado mucho más evocador.

La primera noticia sobre la propiedad de las aguas es de 1779. El alcalaíno Fernando Montijano, dueño de los terrenos, construyó edificios y piscinas, consiguiendo que fuese declarado Establecimiento de Planta. En 1830 ya existían tres grandes baños cubiertos y una casa en donde albergar a la gente. En 1863 el nuevo propietario, Gregorio Abril, acometió otras obras. Así, se construyeron veinte y tres casas de tres pisos y tres nuevos inmuebles contiguos con diez y ocho balcones, que conformaban una espaciosa calle de noventa y cinco metros de largo y ocho metros de ancho. En la calle se encontraban tres edificios para baños y una capilla dedicada a la Virgen de las Mercedes.

Las formas de aplicar el agua eran tres: baños, bebidas y en chorros. Amplio es aún el abanico de padecimientos en los que se recomiendan el uso de las aguas sulfurosas, destacando las enfermedades de la piel. Sus propiedades tónicas y reconstituyentes las hacen buenas para los anémicos e hipocondríacos, y, en general, para las enfermedades nerviosas. Las mujeres encontraban alivio a sus padecimientos menstruales y los hombres a la eyaculación precoz.

Con la entrada del siglo XX, el Balneario tuvo un nuevo resurgir. Las casas que se podían alquilar ascendían a treinta y cinco, y entre las instalaciones se encontraban un campo de tenis, tiro pichón, frontón, y cinematógrafo. La guerra civil trajo la destrucción de la estación veraniega antigua, de la que hoy sólo nos queda la casa neomudéjar, de tres pisos, en los que los arcos de herradura enmarcan los vanos de ventanas y balcones; y lo que fuera la fonda, hoy convertida en casas particulares, y dos puentes: el del Baño, de la época de Isabel II, y el de Ardales. El Balneario frailero fue un lugar de salud y “glamour”, muy en consonancia con la época.

Nuevo Balneario Ardales. Frente por frente al antiguo, en los terrenos de la llamada Haza Ardales, se construye un Hotel-Balneario de cuatro estrellas. Obra de los arquitectos Javier Arjona y Pedro Padilla, contará con una dotación aproximada de cincuenta habitaciones y con un amplísimo salón con capacidad  para medio millar de personas.

El hotel está pensado como un edificio compacto de cuatro alturas, en el que los volúmenes y la piel del edificio conforman un elemento sensible y cambiante con la luz. Todas las dependencias comunes se agruparán en la planta baja, dejando el resto para las habitaciones de los huéspedes.

 

El balneario propiamente dicho se desarrollará en dos plantas. La baja destinada a las piscinas y los circuitos de spa y la primera dedicada a los tratamientos personalizados. Desde ella se accederá directamente a la zona de habitaciones.

 

El salón será un espacio de grandes dimensiones. Podrá funcionar independiente o como apoyo al resto de instalaciones del hotel. Se desarrollará en una planta a mayor altura que el resto del edificio, lo que le permitirá identificarlo visualmente con la misma altura que las dos plantas de la zona de balneario. En el sótano se situarán las instalaciones de todo el complejo, permitiendo que los vasos de las piscinas sean registrables. El resto de instalaciones y la lavandería se situarán en las cubiertas. Con esta infraestructura se quiere recuperar el esplendor que tuvo este balneario en el siglo XIX, considerado como un rincón delicioso en Andalucía.

 

Casas señoriales. Dos son los edificios de estilo modernista con los que cuenta la villa,  casas situadas en el barrio de la Iglesia, que conformaban la zona señorial.

Casa de Ezequiel Mudarra. Sita en la plaza de la Constitución, fue construida a finales de los años 20 del siglo pasado por el maestro de obras alcalaíno Domingo Sánchez Velasco, conocido como Dominguito. Presenta una fachada sobria, de tres plantas, rematada por una baranda sujeta por pequeñas pilastras. En la planta baja, ventanales rectos y rejas, mientras que en la primera se abren balcones con bella rejería, obra probable de la familia de los Lopera, en la que predominan motivos geométricos y florales. Los vanos de la tercera planta se cierran con simples ventanas y rejas de hierro. En el interior, azulejos de la casa Mensaque, de Sevilla, y una espléndida escalera en mármol  blanco. En una de las fachadas laterales, un bello cierre da paso a un pequeño jardín con una fuente taza y vistas a la plaza de la Iglesia.

Casa de José Escribano. A pocos metros de la anterior se encuentra esta mansión de la misma época, pero del maestro de obras Manuel López Ramírez, conocido con el apodo de Manuel de la Morena. Se cuenta que como ambos inmuebles se realizaron por la misma época, Manuel hizo construir la torre mirador a su costa, a fin  de que destacase más que la de Dominguito. La fachada que da a la plaza de la Iglesia presenta dos pisos. En el último se colocó un mirador con una balaustrada y pilastras cajeadas con motivos florales. Dos faroles prendidos a la pared por dragones iluminaban la entrada a la vivienda. También adornan la fachada óculos con un mascarón en la clave y,  entre los canes del tejado, pequeños azulejos en azul y blanco a modo de ajedrezado. Las tejas eran vidriadas, en colores verde y blanco. La fachada posterior es la menos conocida: presenta amplios ventanales y un balcón con balaustrada. El conjunto es de gran altura, pues la construcción salva el desnivel entre las calles Rafael Abril y Elvira. El interior se nos presenta como una sinfonía de luz y color, que viene dada por los zócalos de ladrillos sevillanos en vivos colores y cobre. Y una gran vidriera, que convierte la entrada de la casa en un bellísimo jardín cubierto, en donde el sonido del agua pone el punto exótico. Algunas habitaciones aparecen decoradas con frisos de motivos florales y en la planta baja los zócalos son de estuco, imitando al mármol, técnica en la que era un experto el maestro alcalaíno.

Ayuntamiento antiguo. Una vez alcanzada la definitiva emancipación de Alcalá la Real, en diciembre de 1835, Frailes inició su andadura como municipio independiente. Ante la falta de locales en donde reunirse, los cabildos se celebraban en la ermita de San Antonio, hasta que se construyó el edificio consistorial. Era de dos pisos: en la planta baja se hallaban las dependencias del juzgado y el pósito, y en la planta primera las oficinas municipales y el salón de plenos, apto para once ediles. Lindando con éste,  una torre albergaba el reloj y en sus bajos las dependencias de la cárcel, con dos calabozos. Artísticamente era de poco interés, pero ocupaba un lugar privilegiado dentro del urbanismo de la Villa. En los años 80 del siglo XX se decidió renovarlo, aunque lo que realmente se hizo fue comprar una casa y adaptarla a las necesidades del nuevo destino. El nuevo Ayuntamiento, pues, se haya situado en la calle Santa Lucía, en las inmediaciones del Colegio Público del mismo nombre y del Pabellón Deportivo Cubierto. Al inmueble se le añadió una torre para el reloj. Del mobiliario antiguo sólo se conserva un bargueño y los bastones del alcalde. Además de las oficinas propias cuenta con un Archivo Municipal, pequeño, pero muy completo, cuyo primer documento es de 1836.

En el solar del antiguo Ayuntamiento se edificó lo que hoy es la Casa de la Cultura, sede de la Biblioteca Pública, y de la fundación “Dolores de la Cámara”. Obra del arquitecto Juan A. Zea Carrillo, se iniciaron las obras en 1996. Tiene una sola planta, donde cobran importancia las líneas rectas, que hacen juego de luces y sombras con los volúmenes de sus entrantes y salientes. Entre los zócalos de arriba y abajo se reseñan los cinco vanos. Uno de ellos es la puerta de entrada al edificio, al que se accede por una escalinata, que le proporciona una regia sensación de podio. En el interior encontramos un salón de actos y otras dependencias para uso de actividades culturales.

Ermitas. Son tres y se ubican en los tres barrios principales de la localidad: Nacimiento, Almoguer y Mecedero.

El Calvario. Situado en la parte más alta del casco urbano, a pocos metros de la cumbre del cerro, es visible desde la distancia. A modo de faro que guía e ilumina a los que se acercan, da la bienvenida al viajero. Por un camino sinuoso, excavado en la ladera del cerro, entre encinas y almendros, salpicada la vereda por catorce cruces (vía crucis), ahora de mármol blanco, antes de piedra, se llega hasta ella.

Pocas son las noticias históricas sobre el origen de esta ermita. En los libros antiguos se le cita como la situada en el barrio del Nacimiento, con el nombre de “Santo Sepulcro”. Obviamente, en la ladera se halla el principal manantial de la población. El antiguo edificio era de estructura sencilla. Yeso recubierto de cal, con una puerta de acceso de medio punto rebajado y una ventana de forma circular, además de la campana que los fieles hacían sonar. En el interior, una pequeña nave, cubierta con una tosca bóveda de medio cañón y hornacinas en los muros. En el lateral se veneraba la imagen de Cristo yacente, en urna de cristal, y en la hornacina principal del presbiterio la imagen de la Virgen de las Angustias. Numerosos exvotos y algunas imágenes más se distribuían por la nave, a la que en 1965 se le hicieron unos arreglos, como fue la instalación de la luz eléctrica, y una nueva solería.

En 2005 tomó el aspecto actual. Las obras las realizó el maestro Florencio Álvarez Muriana, y fueron costeadas con el dinero que pacientemente habían recaudado Mercedes y Custodia Martín, que con tanto mimo cuidan de la ermita y de la Virgen. La imagen antigua desapareció en la Guerra Civil, al igual que el Cristo Yacente. Finalizada la guerra, Enrique Serrano compró una nueva imagen de las Angustias, a su costa. Es una representación de  María con el Hijo muerto en el regazo, del que deja ver el pecho. Un manto envuelve las imágenes del Hijo y la Madre. Dos son las restauraciones a las que se ha sometido la imagen: la primera se realizó en Priego de Córdoba, y en la segunda, que se llevó a cabo en 2003,  se repintó y se le hizo un manto nuevo. La fiesta ha sufrido varios cambios: en un principio se celebraba el 30 de octubre. La Virgen se llevaba a las eras de Gemira, y allí era recibida por una gran “vocación” (nombre con que se llama a las hogueras). Desde allí era llevada a la iglesia, en donde permanecía hasta el día de San Andrés. Luego la celebración se limitó a una misa por la mañana y procesión por la tarde. Pero en la actualidad su fiesta se conmemora a mediados del mes de septiembre, con misa y procesión, a la que acompaña una banda de música. Y por Semana Santa, tras el Vía Crucis, la bajan a la iglesia parroquial para participar en la procesión del Viernes Santo. Al día siguiente, sábado de gloria, nuevamente inicia el camino a su oratorio. Tres generaciones de la familia Martín guardan y custodian el preciado tesoro de la ermita más emblemática de la Villa.

San Antonio. Antiguas son las noticias de la existencia de esta ermita, pues en los libros de actas del Archivo Histórico Municipal se nos informa que fue una mujer la que dio las vigas para la construcción de la capilla. Es la de mayor tamaño y en la que el culto es más activo.

Situada en la confluencia de las calles Rosario y San Antonio, su coqueta silueta se abre a nuestros ojos en estrecha fachada, rematada por una espadaña. Su campana suena cada vez que un devoto llega o se marcha. El interior sorprende por su amplitud y decorado. Presidiendo la nave, el altar, en tonos ocres y dorados, y la imagen del santo casamentero por excelencia. El retablo, fue adquirido en 2008 a una casa de Valencia, siendo párroco Manuel Ángel Castillo Quintero, santo de su devoción.

La imagen fue comprada al finalizar la Guerra Civil en agradecimiento de cuatro fraileros, conocidos como los cuatro “Antonios”, por haberse librado de ser fusilados. El santo lleva en sus manos un Niño, que llama la atención por su tamaño. El pequeño Jesús es antiguo y de talla y pertenecía a la imagen destruida. Una devota lo guardó durante la guerra y después se incorporó a la nueva. De ahí, la desproporción. El Niño porta un cesto, del que nadie recuerda ni quién ni cómo. En el muro del evangelio se abre una pequeña hornacina con la imagen de San Antón, monje del desierto,  que había nacido en Egipto hacia el año 250, hijo de acaudalados campesinos. Es patrón de tejedores de cestos, fabricantes de pinceles, cementerios, carniceros, animales domésticos… En su fiesta de 17 de enero, los ganaderos le encienden lumbres, siguiendo las tradiciones arraigadas en Occidente, y como fruto del sincretismo de distintas formas religiosas.

Formando también parte del retablo se encuentra la antigua imagen de la Virgen de los Dolores, que se compró al finalizar la guerra civil y que se hallaba en la iglesia parroquial. Al adquirirse otra para aquel templo principal, ésta vino a parar aquí.

Arquitectónicamente, la pieza más interesante es la sacristía, a la que se accede por una puerta camuflada en el retablo. Es una pequeña estancia de planta cuadrada, cubierta con bóveda vaída, iluminada por una ventana en el muro frontal, y a mayor altura que la pequeña nave que forma la capilla.

San Pedro. Situada en las Eras del Mecedero, es el último edificio del pueblo. La carretera sigue dirección Valdepeñas de Jaén. Es una ermita muy pequeña, pues se trata de una habitación que Antonio Pareja, más conocido como el Tío Pelos, cedió para el culto del Patrón de la villa. La fachada es modesta. Está coronada por una espadaña, algo descompensada, con campana que se colocó a finales del siglo XX. Se accede al interior por una puerta con arco rebajado de ladrillo visto. La pequeña estancia está presidida por la imagen del santo titular. Tiene poca tasa artística, pero enorme valor sentimental. José López, el que fuera enterrador de la localidad durante muchos años, pidió dinero entre sus convecinos hasta que logró lo suficiente para comprarla. Como es habitual, el apóstol está representado por un hombre mayor, con el libro y las llaves en la mano. Preside el retablillo y está flanqueado por la Virgen de Fátima, a la diestra, y a la siniestra por la imagen antigua del santo patrón, de menor tamaño, con los mismos atributos, aunque más joven.

Otras imágenes de la ermita son las de San Isidro, que antiguamente se encontraba en la Hermandad de Labradores y que fue adquirido por la familia Castro-Pareja; la Virgen de los Dolores y la Santa Cena.

Para visitar las Ermitas se pide la llave a las vecinas, que, en ocasiones, hacen de guías espontáneas, además de encargarse de la limpieza y del ornato.

Eras del Mecedero. Antiguo espacio comunal en donde solían reunirse los ganados o montarse las eras para la recolección de las mieses. Su tamaño era mucho más grande, pero en los años 60 del siglo XX se edificaron casas para los  necesitados del pueblo y este ejido quedó algo más reducido. Más tarde se comprobó que era lugar idonéo para celebrar la feria.

Recinto Ferial. Las ferias tienen su origen en antiguos mercados, en los que los agricultores y ganaderos vendian sus productos. Una vez finalizado el trato y sellado con un apretón de manos, se visitaba la zona de puestos de turrón y muñecos para celebrar la compra o la venta. La feria frailera se celebraba los días 29 y 30 de septiembre y 1 y 2 de octubre. Estaba dedicada al Arcángel San Miguel. Esto desde 1890. Los festejos que se programaban eran los habituales de fuegos artificiales, iluminación, globos y alguna atracción. En los años de carestía se repartía pan entre los más pobres. El sitio de celebración era la plaza de la Constitución, la puerta de la Iglesia y la calle Rafael Abril, pero en 1933 hubo un intento de traslado al Mecedero, que no prosperó. En 1981 se iniciaron las fiestas en agosto, y al año siguiente se trasladó definitivamente a este recinto ferial. Se acondicionó el lugar con la construcción de un escenario, la barra del bar y los servicios, y en 1998 se inició la llamada “Feria de Día”, pues la verbena y actividades siguieron concentrándose en la tarde-noche. Con un buen ambiente, se come y baila hasta altas horas de la madrugada.

Cinema España. Junio de 1949. Fue entonces, en medio de los años más grises de la posguerra, cuando llegó la fábrica de quimeras a Frailes. Y lo hizo con la pelicula Camino de Santa Fe. Lejos quedaba ya el día en que los hermanos Lumiére presentaron, ante el asombro de todos, aquel artilugio que habían inventado, el cinematógrafo, que tantos sueños ha hecho vivir a la humanidad. Fue gracias a la familia Murcia, y es mérito total y absoluto de ellos no sólo haber construido el cine, sino el haberlo mantenido y conservado intacto para las generaciones venideras. Es el Cinema España un cine-teatro que en su interior guarda un gran tesoro. Tesoro material, pues su decoración y mobiliario son los originales, hechos de modo artesanal;  y espiritual, pues a lo largo del tiempo muchos fraileros se han emocionado y enamorado entre sus paredes.

Situado en la calle Mesón, llamada así porque en ella se encontraba la posada de la localidad, allá por el siglo XIX, el edificio presenta una sobria fachada de dos plantas, y tres tramos. En el primero se encuentra la entrada principal, en la que se exhibían las carteleras o fotogramas de la película que se proyectaba. Aquí se localizan también las taquillas: dos ventanillas revestidas de mármol artificial, llamado “nigarol” rojo, cubiertas con madera. En la segunda planta, un gran ventanal, que corresponde al salón del anfiteatro y “gallinero”. El tramo central está formado por dos puertas, que corresponden a la salida de la sala principal; y, en el segundo piso, dos celosías de inspiración mudéjar. La peculuaridad está en el letrero, en listones de madera, en el que se puede leer “CINEMA ESPAÑA”, y dos farolas para iluminarlo con la peculiar estética de la época. El tercero de los tramos es el más pequeño. En la parte baja, una vieja puerta de madera que da acceso al grupo electrógeno de emergencia, cuando fallaba la corriente eléctrica, cosa que acontecía con frecuencia. En el piso alto de éste, un pequeño balcón, que se corresponde con la cabina de proyección.

El acceso al interior se produce a través del ambigú, bar en donde se servian bebidas, refrescos, además de pipas, rosetas, garbanzos “tostaos”, avellanas, caramelos y chupa-chups.

En la sala de butacas llama la atención la embocadura del escenario, con motivos geométricos de inspiración arabesca. El telón, pintado a mano, conserva las firmas de artistas que pasaron por esta sala. El aforo es de unas trescientas personas, repartidas entre el “gallinero”, el anfiteatro y la sala principal, en la que había butacas y sillas.

Pero la joya del cine es la cabina, a la que se accede por la sala de montaje. Es una habitación decorada con bobinas para montar las cintas. La estrella es la “Gaumont”, vieja máquina con cien años de antigüedad, en la que dos electrodos proporcionan el haz de luz necesario para ver las imágenes.

El ocaso llegó en los años ochenta del siglo XX, cuando la televisión se instalaba en todos los hogares de Frailes. Mientras haya gente como la familia Murcia que ame el espectáculo y el cine como rito telúrico y como expresión del universo, los espacios de sueños, los cines de cualquier lugar del mundo no echarán el telón, sino que estarán en un dulce letargo, a la espera de nuevos horizontes de grandeza, de nuevos foragidos de leyenda, de nuevos buenos, feos y malos, que vengan a inspirarnos la vida en cinemascope para siempre.

Urbanismo. Encontramos en el urbanismo frailero un halo mágico, que mana de la misma forma que el agua corre a través de los arroyos que surcan su paisaje agreste. Verde de las huertas, con lunares de color de los frutales, casas que se agolpan sin ton ni son, nogales que refrescan y adornan aquí y allá, chimeneas que humean en invierno y embellecen los tejados en verano. Urbanismo caótico con predominio de la cal, empinadas calles que en zig- zag nos recuerdan un pasado árabe; escalerillas, salientes y hermosas vistas, tajos, ríos y puentes, ermitas y fuentes configuran un urbanismo con el encanto de otros tiempos.

La disposición del casco urbano es una joya de la arquitectura popular; calles estrechas, callejones sin salida, calles que se ensanchan para formar una plazoleta, casas que se abren al abismo para conseguir las mejores vistas. El binomio casa-huerta, que en otros siglos fuese el motor del urbanismo y de la economía, se encuentra en franco retroceso, las huertas están siendo urbanizadas y las nuevas casas que se construyen ya no precisan de un huerto.

Aquí la naturaleza no se adoba de encantos manufacturados, preparados de antemano; de ahí que su belleza, no buscada, estimule una admiración que no se detiene en lo “bonico”, pues ahonda en la zona profunda que unifica lo estético y lo trascendente. Era frecuente en Frailes que por medio de las calles corriera un riachuelo, procedente de los sobrantes del Nacimiento. Con su toletole sonoro hacía de compaña a los viandantes solitarios. También eran algunos los lavaderos que existían en todos los lugares por los que corría el agua.

Pero en Frailes, sin los ojos del testigo, no existe la belleza.

Picachos. Se trata de una calle de las más pobladas y bulliciosas del municipio, situada al norte de la población. Recibe su nombre por ser un ápice en el plano del casco urbano, y, naturalmente, por los montes y riscos en los que termina. El principio o fin de ésta, según se mire, es el puente de La Presilla. Está construido sobre el río de La Martina, nombre de una de las más poderosas sierras que constriñen la villa. Unos metros más arriba se encuentra la pequeña presa que le da el nombre. No tenemos noticias documentales de este bello y agreste puente, que en otro tiempo era la puerta de entrada a los valdepeñeros y noalejeños que se acercaban a nuestro pueblo. Une los barrios de los Picachos con la Rotura, y, en años generosos en lluvias, hace que pasear por sus inmediaciones sea un remanso de paz y belleza. Este puente está construido con sillares de piedra y tiene un solo ojo, que salva una altura considerable. En otro tiempo, por estos lugares se contaban viejas y apasionantes historias de apariciones y miedos inexplicables; no debemos olvidar que el cementerio se encontraba por estos andurriales. Tal vez este hecho, o la falta de alumbrado que hiciese ver con claridad que las sombras no eran “viejas cerniendo higos”, ni “encantás”, hizo que esta zona apenas se poblase a favor de la sur, hacia la que hoy día se está extendiendo el casco urbano. Dejamos el puente y nos fijamos en una oquedad cubierta de follaje: se trata de la Cueva del Tesoro, generadora de leyendas. Se cuenta que, en época islámica, esta cueva guardaba en sus entrañas tesoros incalculables en joyas, monedas y toda clase de riquezas procedentes de las razzias y rapiñas de los moros. Se dice que estos tesoros estaban protegidos por una reja de oro, que se cerraba con un cerrojo del mismo metal. No sabemos que nadie traspasara esa reja dorada, aunque se cuenta que una mujer conocida como “la Pincela” tenía un brazalete de oro que había encontrado en la cueva, y que tenía forma de serpiente. Los fraileros llaman “bicha” a esta pulsera. Nadie vio tan magnífica joya, pero se especuló que la vendió y obtuvo un buen dinero con el que solucionó sus problemas económicos y fue la envidia de sus paisanos. De siempre, generación tras generación, los fraileros hemos escuchado la historia de la Cueva del Tesoro. Los muchachos, como en un rito iniciático, entraban en la cueva, y algunos tuvieron problemas para salir acrecentando aún más la leyenda. Nadie recuerda haber visto la reja de oro, pero sí hachas de piedra y otros objetos prehistóricos, hoy ya desaparecidos desgraciadamente. También se dice que esta cueva era muy larga y tenía una salida a las eras del Mecedero. Hoy en día esta comunicación no existe, pues la roca caliza ha cerrado esa vía de paso. Cierto es que se trata de una leyenda y que ningún espeleólogo ha entrado para su estudio en el interior.

En estos barrios se acomodaron los gremios artesanales. Herreros, carpinteros, barberos, zapateros y tejedores, tenían sus talleres en estas calles, y hasta un casino y un casinillo, como se decía. Aquellos locales en los que se servían bebidas espirituosas y se jugaba a las cartas (póker, julepe, platillo) desembocaban en la calle Mesón, lugar de descanso y refrigerio. Como vía singular encontramos la calle Amargura, en referencia al encuentro de la Virgen María con Jesús. Callejuela que también se le conoce de modo popular como “Callejón de la Bomba”, por el proyectil que estalló en ese lugar en la guerra civil, que no fue el único.

Los Rosales. Se trata de un núcleo diseminado, al norte de Frailes, en dirección a la sierra del Paredón. Tomamos la carretera que conduce a Valdepeñas, y, en su primer desvío, que conduce a la Hoya del Salobral, nos recibe la cortijada de los Rosales, emplazada a una altitud de 1.255 metros. Es recomendable una parada para gozar de las extraordinarias vistas desde tan singular balcón, en la solana de la montaña. Sí continuamos sierra arriba llegaremos a la Hoya del Salobral, núcleo central de “La Ruta de los Milagros”. Creencias éstas de la santería que por estas tierras son bastante comunes. Los curanderos están ligados al paisaje y a la tradición.

Los Rosales son una aldea de Frailes, en la que cuatro núcleos de casas compiten entre sí por asentarse en la ladera. En estos parajes el tiempo se detiene. El camino, aunque tortuoso, nos conduce a un paraíso perdido. El 3 de mayo tiene lugar la romería de la Santa Cruz. Allí la encontramos, sencilla, encalada y en el cruce de caminos conocido como Portillo del Espinar. Rodeándola, una pequeña ermita que la cobija. Y, entre sus adornos, el omnipresente “santo Custodio”. En la víspera se enciende una hoguera, en lo que en otros tiempos fuera una era de pan y se lanzan cohetes, como pago fervoroso por los que tienen hecha alguna promesa.

Desde muy antiguo se cuentan leyendas en este lugar, como la de Juan de Arjona. A éste personaje se le atribuyeron varias gestas de carácter legendario pero, de entre todas, la que más interesa a los fraileros es la hazaña que protagonizó en el Portillo del Espinar.

Se cuenta que se encontraba cazando en la zona. Tras percatarse que ciertos moros llevaban cautivos unos cristianos, les increpó para que los dejasen libres. Estos no le hicieron caso e incluso lo acusaron de borracho. Arjona cargó contra los granadinos, quienes intentaron despeñar a los cautivos, pero no lo consiguieron, pues una rama a la que se asieron fue su salvación.  Los moros huyeron, y los presos que habían sido liberados, en señal de agradecimiento, enviaron desde entonces, todos los años, presentes a la familia Arjona como muestra de gratitud.

Puentes. Esta amena y deliciosa villa presume de tener nada más y nada menos que trece puentes y dos ríos. Puentes que unen dos realidades y puentes que se tienden a los que nos visitan. De entre ellos, con número tan mal agorero, sobresalen dos por su antigüedad y emplezamiento. Son la Puente Alta y el Puente de las Cuevas. Antiguamente eran de madera, expuestos a un gran deterioro, debido a las inclemencias del tiempo y la furia de las aguas, que, con su ancestral poder, llegaban a romper los pontones que ponían en comunicación unos barrios con otros. La primera noticia que tenemos de la construcción en piedra es de 1790 y se refiere a La Puente Alta. Está en el centro de la localidad y pone en comunicación los barrios del Nacimiento y la Iglesia, con los Picachos y Almoguer. En 1857 se produjeron unos fuertes temporales que lo destruyeron por completo y se pensó en construirlo de nuevo, aunque un poco más abajo, ya que era menos costoso y quedaría con más firmeza. En 1858 se iniciaron las obras y el maestro que las llevó a cabo fue el alcalaíno Eusebio Muñoz. Este puente es el de mayor altura de la localidad, y está construido con el sistema de mampostería. Dos potentes estribos sostienen el tablero, rematado por pretil, que en nada es el original. Presenta una estructura curvilenea en forma de arco por donde se transmiten las cargas con soporte a los extremos del vano. Esviaje de 90º.

El Puente de las Cuevas ponía en contacto la villa con la Ribera y era la salida hacia los campos, camino diario y obligado para los labriegos. En 1833 era un pontón de madera, que estaba muy deteriorado, y se le encargaron las obras a Vicente Contreras que levantó uno nuevo, también en madera. No será hasta 1872 cuando se haga de piedra. El ojo es un arco de medio punto en el que hace de estribo la misma roca. En 2010 se remodeló, ampliándolo, pero perdiendo su belleza original.

En todas estas obras trabajaron los fraileros, aportando su trabajo los que poco tenían y el dinero los más pudientes.

El Tajo. El terreno al que pertenece la localidad es de la era terciaria,  del periodo jurásico. Dominan las calizas compactas, las margas, arcillas y areniscas.  El Tajo es un auténtico monumento natural por sus valores científicos, culturales y paisajísticos. Se encuentra en la calle Cuevas, precisamente por las que antiguamente existían, que eran utilizadas como viviendas. En los años treinta del siglo XX, las casas cueva se vieron afectadas por desprendimientos, quedando sepultadas. No hubo daños personales. La piedra que aflora a un lado y otro del curso del río Frailes son tobas calcáreas o  travertinos. Se trata de rocas sedimentarias  calcáreas, con un aspecto rico en alvéolos o agujeros de todos tamaños y formas, de color grisáceo  amarillento. Se suelen formar a la salida de los cursos de agua. Son material ligero y aislante para la construcción y fácil de cortar. Tanto es así que las familias humildes ahuecaron el Tajo construyendo sus hogares, De aquellas construcciones sólo nos queda un bar muy conocido, que se nomina “La Cueva”. El Ayuntamiento promovió la iluminación de la piedra en 2005.

El muro de contención de la calle Elvira es obra de Domingo Sánchez Velasco. Se construyó en 1930 por la cantidad de 3.000 pesetas.

Cementerio. Visitar cementerios puede parecer un programa poco seductor. Sin embargo, el mundo está lleno de cementerios fascinantes, donde se sitúan historias románticas. Coge tu cámara, y atrévete a recorrer las sendas del camposanto frailero.

Todas las ciudades del mundo esconden en sus cementerios retazos del pasado. Sobre las tumbas se pueden descubrir personajes ilustres, historias legendarias, leyendas olvidadas y un trozo del pasado. Visitar un cementerio puede darte una grata sorpresa, aunque esto te resulte casi imposible.

El término cementerio (del griego: lugar para dormir) implica que el terreno está designado específicamente como lugar de enterramiento. Alrededor del siglo VII, el entierro europeo estaba bajo control de la Iglesia y podía ocurrir solamente en el terreno consagrado por ella. El lugar en donde se encuentra el actual cementerio fue el elegido en 1932. Anteriormente tuvo otros emplazamientos. En un principio se encontraba en las inmediaciones de la ermita de Santa Lucía. Al quedarse pequeño fue trasladado a La Presilla, en la confluencia del camino que conducía a Valdepeñas de Jaén y la Cueva del Tesoro, que tantas leyendas  nos ha dado. Allí estuvo hasta que, en época de la II República, se trasladó a las Carboneras, majestuoso paraje desde el que se contemplan unas sublimes vistas del caserío.

Se construyó siendo alcalde Manuel Álvarez Romero. Se libraron 3.000 pesetas para arreglos, cuando lo que se hizo realmente fue trasladarlo a un nuevo lugar. En el de Frailes no encontraremos lápidas muy antiguas, si exceptuamos la que se encuentra a la entrada, que fue traída desde el cementerio antiguo y que es de un cura muerto en el siglo XIX. La entrada no tiene nada especial que reseñar. Es simple y sencilla, encalada, centrada por un portón de hierro con ventanas a los lados, una de las cuales pertenecía a la sala de autopsias. Tras atravesar el pabellón de entrada se nos presenta el patio principal, en pendiente, dividido por un camino de cipreses, símbolo  de la generación de la muerte y del alma. En su calidad de árbol perenne, siempre verde, perfumado, de madera incorruptible como la del cedro, ha tomado una significación funeraria. Es por ello que se encuentra, generalmente, en estos lugares, por su follaje oscuro y por su tronco, que, si se corta, jamás vuelve a crecer. En la simbología del cristianismo significa también la angustia, la inmortalidad o la mansedumbre. Sus raíces no se expanden sino que penetran hacia abajo sin estropear las tumbas.

En el interior destaca el panteón que se construyera para acoger los restos del Deán de la Catedral de Madrid, Ezequiel Mudarra, en estilo neogótico, que presenta una simbología de inmortalidad en las hojas de muérdago que decoran el remate de su fachada. Un Cristo preside el panteón, en el que juega un papel importante la luz que se filtra por los ventanales.

Otros panteones de menor interés arquitectónico se encuentran salteados en el camposanto. Se trata de la última morada de las familias de la localidad, como los Medina, Valverde o Castro, y tumbas de mármol y granito que conservan los restos mortales de los personajes que hicieron o protagonizaron la pequeña gran historia de Frailes. Así, llama la atención una caseta de aspecto humilde que alberga la tumba del hijo de Custodio Pérez Aranda, el más conocido de los taumaturgos de la Sierra Sur.  Unas escaleras nos conducen a otro patio que se construyó tras la Guerra Civil para albergar a los no católicos, espiritistas o suicidas. Se dice que en él se enterró al maqui Hojarasquilla. Este sector se unió por necesidades de crecimiento. En 1993, se produjo una nueva  ampliación en la que se distinguen dos zonas, una de nichos y otra de tumbas. En 2011 se construyó el Tanatorio.

Cerrillo. Pasando por el puente de las Cuevas tomamos el camino a la derecha, marcado por la piedra tosca del tajo y el río, que a estas alturas recibe el nombre de río Frailes. Tras una pronunciada pendiente se nos descubre un núcleo de casas que, como su propio emplazamiento indica, se llama Cerrillo. Este barrio se asoma al tajo y presenta unas vistas extraordinarias de la Iglesia y el Ayuntamiento. Podemos decir que es el Mirador de Frailes. Era el camino de salida hacia la Ribera y Alcalá en épocas pretéritas. Otra ruta de acceso al lugar parte de la Fuente Elvira y atraviesa el Puente del Olivar.

Históricamente eran unas eras, debido a lo ventoso de su situación, en las que en agosto se sacaban los cereales, que, debidamente guardados en las trojes, eran la intendencia para animales y personas. En torno a ellas fueron surgiendo casas y el Ayuntamiento construyó una fuente, que ha sufrido distintas transformaciones, y un pequeño lavadero. De las antiguas eras apenas quedan recuerdos, acaso empedrados que hay que descubrir entre el caserío y los coches.

Fuentes. Nacimiento, Iglesia, Elvira y Almoguer. Cuatro son las fuentes de aguas cristalinas, frescas y deliciosas con las que cuenta el pueblo.

El Nacimiento es la más importante por su caudal y emplazamiento. Sigue la tradición de las alquerías musulmanas, a media ladera y en torno a una fuente. No olvidemos que la calle de encima lleva el nombre de Castillejo, tal vez en recuerdo de algún tipo de fortificación para defender a los pobladores, los ganados y el manantial. El rico venero abastece a los lugareños y con los sobrantes se fertilizan las vegas de sabrosisimas hortalizas y frutales. En otro tiempo, además, sus aguas movian molinos harineros y almazaras, amén de facilitar la colada a las mujeres, quienes en la red de lavaderos dejaban la ropa como “los chorros del oro”. Precisamente el de mayor tamaño se conserva frente al citado Nacimiento y no siempre presentó la forma actual. Fue abrevadero, en el que los mulos y burros calmaban su sed tras una jornada agotadora o antes de partir para el “peazo” a labrar la tierra. Tras el abrevadero las mujeres tenian su espacio, al que nunca accedian los hombres, si no era  para mirar y descubrir algún descuido de ellas y ver o imaginar sus pechos o piernas, ya que lavaban de rodillas, postradas en una “panera” de esparto de forma redonda, con dos asas. A veces se utilizaban viejos capachos de los molinos aceiteros. Las mujeres, pertrechadas con la canasta de mimbre y la “panera”, se dirigian al lavadero para hacer la colada, momento que era aprovechado por los “mocicos” para pretenderlas y declararles su amor. Aunque esto también sucedía cuando con sus cántaros de agua se dirigian a la fuente para abastecer las viviendas.

Fuente de la Iglesia. Situada en la plaza de la iglesia. Surtía de agua al llamado “Barrio del Chocolate”, por vivir en él lo más granado de la sociedad frailera, y ser los que podían comer este producto, propio de los dioses. Hoy día cuelga un cartel de “No Potable” pero siempre se ha bebido su agua, que nace en las huertas antes cultivadas, hoy edificadas. Se construyó en el siglo XIX y ha sufrido varias remodelaciones.

Elvira. Situada en la zona baja de la villa, la fuente recibe el nombre de la calle o viceversa. Esta denominación puede deberse al apellido de algún frailero que viviese junto a ella, o de alguna vecina del mismo nombre. La presentación es peculiar: una oquedad en la roca, con caño de piedra, que deja caer las aguas en la pila. Está rematada con una losa a modo de peineta, en donde está inscrito el escudo de Frailes, el blasón de nuestro pueblo,  que ostenta cruz, torres y llaves. El ruidillo y la frescura del rincón  invitan al viandante a inclinarse y mojarse los labios.

Almoguer. La palabra árabe Almoguer significa corriente de agua para regadío, y así era en otros tiempos. Con las aguas de esta fuente se regaban las huertas y su pilón hacía de abrevadero para las piaras de animales, tan frecuentes en Frailes. El manantial es muy antiguo y ha sufrido muchas remodelaciones, que han supuesto aspectos muy diferentes.

A esta fuente llegaban las airosas fraileras a lavar sus caras. Dicen que sus aguas mantenían su rostro más bello, en comparación con otras fuentes. Claro, que lo que no sabían era que estas aguas tenían menos contenido en cal que las demás.

También conserva el pueblo los restos de una antigua noria que se utilizaba para regar los campos. De la noria queda el recuerdo, y restos imperceptibles en el campo.

Gastronomía. La principal riqueza del municipio es la agricultura, primando el olivar. No podemos olvidar las huertas, que reciben las vivificantes aguas del Nacimiento -en retroceso en estos tiempos-, o las aguas de ríos y arroyos,  que dan vida a las hortalizas, a las que acompaña más el delicioso sabor que el aspecto. También encontramos en nuestros campos extraordinarios pagos de viñas, que empiezan a producir vinos de calidad, cada vez más competitivos. En estrecha relación con la agricultura y con la tradición, se encuentra nuestra cocina. Por la tradición, que es sabiduría popular destilada, sabemos que nuestros abuelos conocían lo que les caía bien y eso es, simplemente, lo saludable.

Así, nos encontramos como aperitivos las aceitunas aliñás, que se recogen en la menguante de octubre y se preparan en la casa; o la  sangre frita del pollo de corral, mientras llega el plato principal. Las tapas de chorizo, salchichón o jamón de la matanza, como entrantes principales. Y entre las sopas, pensando en darle calor al cuerpo en los gélidos inviernos de forma barata, las cachorreñas, los maimones o los huevos en gazpachuelo. En verano, para calmar la sed y aliviarse de los calores, el ajo blanco y el gazpacho, platos principales de la gastronomía local.

De entre las ensaladas la reina indiscutible es el remojón con pan de higo, granadas y aceitunas partías. Fue el plato principal entre los labriegos. Dependiendo de la economía se le añadía el número y variedad de ingredientes: naranja, bacalao, tomate, huevo cocido duro, etc.  Y pasamos al primer plato, en donde toman el poder los potajes y el cocido como estrellas, en sus múltiples variedades, y por San Antón, el potaje de habas con avíos de la matanza. En las bodas, una caldera de cocido de garbanzos para agasajar a los invitados. También como primero son típicas la almoronía, la sobrehúsa, las papas con oreganillo, las migas con melón y canas (con leche) y las gachas con cuscurrones.

Las tortillas típicas se elaboran con los productos de la tierra y de temporada. Sirvan de ejemplo las de cardillos, collejas y las de miga de pan, ajo y perejil. Y como reconstituyente, para los que apenas tienen apetito o se encuentran convalecientes, nada mejor que los huevos crudos con vino.

Como platos más contundentes cuenta nuestra cocina con el guisao de pies, que se tomaba en la cena de Noche Vieja, o el afamado choto frito. No podemos olvidar los platos procedentes de la caza, como las perdices, conejos, liebres o zorzales. En cuanto al pescado, llegaba hasta aquí procedente de Málaga. Esto explica que en nuestro folklore se cante y baile la “Malagueña de Frailes”. Las especies que más se consumen son las sardinas y los boquerones. Ambos se comen crudos o, como mucho, con limón y aceite.

Pero una de las reinas de la cocina frailera es la seta de cardo. Frita, enharinada, a la plancha o en salsa de almendra, es un deleite para los sentidos. Tampoco podemos olvidar los platos procedentes de los animales de corral: pollo en asaíllo, conejo en arroz caldoso, pollo tomatero... Y cuando el día es de mucha fiesta… arroz y gallo muerto.

En postres y desayunos tenemos ricas papuecas, picatostes con vino y azúcar, leche migá, compota de membrillo y calabaza asada. Y como dulces caseros los borrachos, los nochegüenos, las sempiternas magdalenas y las tortas de manteca.

Después de este breve pero sabroso recorrido, sólo es deseable un buen apetito y ánimo para que caten estos productos en cualquiera de nuestros establecimientos.

Paisajes industriales. Las primeras noticias de industria en Frailes son del siglo XIX. Nos las facilita Pascual Madoz en su Diccionario: había en 1845-50 una fábrica de aguardiente y otra de jabón blando; cuatro molinos harineros, y cuatro molinos aceiteros, situados en el Puente de los Molinos. No sabemos de  las construcciones que los acogían. En la actualidad, contamos con cinco instalaciones industriales, que, siguiendo la tónica de siglos anteriores, están situadas al sur de la localidad, extramuros.

La Bodega Campoameno, está situada en la carretera que une Frailes con Alcalá la Real, en el polígono industrial de “La Dehesilla”. Se trata de una construcción de sabor añejo y fachada imitando la de los cortijos andaluces, con teja árabe y rejas sobre peana. Su origen es una cooperativa vinícola creada en 1996, llamada “La Martína”. Aquella industria fue una iniciativa para el deserrollo agrícola del viñedo, ya que se contaba con la tradición de la elaboración casera, denominado “vino del terreno”, es decir, aquel que se ha producido en los lagares y bodegas familiares, con la producción de uva local, mayoritariamente de la variedad Jaén Negro, que destaca por incorporar pocos taninos en sus componentes. Estos caldos son, en general, vinos jóvenes, dulces, debido a la interrupción de la fermentación. Desde muy antiguo, 1525, estas tierras tenían un privilegio para vender vinos en la ciudad de Granada.

Enfrente a la gasolinera, Hermanos Lorente, de estructuras metálicas y lineas rectas. En el cortijo del Nogueral, apenas perceptible a los ojos del viajero, hay un taller mecánico para vehiculos industriales y una empresa de transportes de ámbito nacional, Transportes Horacio Esteo S.L., que pasea el nombre de Frailes por  las carreteras españolas.

Continuando en dirección a Frailes, nos desviamos a la diestra por el camino que conduce al paraje del Cerrillo. Antes de llegar a él, descubrimos un edificio de amplias dimensiones, la Cooperativa “San Rafael”, de aceite de oliva. Construida en los primeros años del segundo milenio, presenta una estructura de una sola planta, en la que se guarda una maquinaria moderna, acorde con los retos de los tiempos nuevos. La fachada nos recuerda las estructuras industriales del siglo XIX. Cuenta  con amplios patios, que acoge la feria de ganado del mes de octubre, obra de  la ingeniera agrónoma Luisa María Ruiz Vilchez.

La almazara es la decana de las industrias de Frailes, fruto de la fusión de las dos cooperativas que funcionaban en la localidad desde el siglo XX, “San Antonio” y “San Rafael”. La segunda absorbió a la primera. Seguidamente se creó la Cooperativa de Consumo “Santa Lucía”, con el objetivo de poder facilitar a los vecinos los productos de primera necesidad a precios asequibles, materializándose en una fábrica de pan. La venta era frecuente aplicándose la técnica del trueque, en la que los socios, a cambio de trigo, se les entregaban vales que los cambiaban por pan. Así funcionó hasta los años 70 del siglo XX. Pero la Cooperativa no es la única almazara del municipio, pues, ya en los confines del término municipal, se encuentra “Rajoseoliva”, empresa familiar con proyección internacional. Situada en el cortijo de Las Parras, por el camino que conduce de Ribera Alta a Puerto Blanco y  los Trujillos, nos reciben dos piedras de molino y un camino de cipreses que nos conduce a la fábrica de aceites, en la que la familia Serrano produce un óleo de excelente calidad.

Casi inmediatas a la almazara de “San Rafael”, en Frailes, se encuentran las instalaciones de una industria destinada a la confección de sacas para la agricultura, con fabricación exclusiva para la empresa alcalaína “Condepols S.A.”.

En el Nogueral, próximo a la villa, encontraremos una nave industrial moderna, con aire andaluz y ondulado remate en la fachada, en la que se fabrican quesos de excelente calidad y paladar, con leche de cabra. Moisés Garrido fabrica quesos artesanales, parte de la tradición y está consiguiendo una buena aceptación fuera de la comarca. Sus productos principales son el queso en sus múltiples tipos de curación y el requesón, que aquí se le conoce por “recocíos”.

En el paraje conocido como El Baño, encontramos Maderas Gallego, que desde 1978 fabrica envases para frutas y hortalizas. La materia prima ha sido la de la localidad, pero hoy está complementada con la que se adquiere en Brasil, Portugal, Galicia, y otros países. Su mercado corresponde a zonas de producción agrícola intensiva, como es el litoral andaluz, Extremadura, Castilla, Murcia y norte de África. Un lugar destacado ocupa la producción del envasado para productos comarcales y provinciales, como el caso de la apreciada cereza. Dispone la empresa de centros de producción en Cádiz, Granada, Almería, Huelva y Extremadura.

Maderas Gallego fue creada en los años 30 para la fabricación de cerámica para la construcción. Más tarde se convirtió en carpintería, para desembocar en la actual fábrica de envases de madera. La fábrica matriz está situada junto al puente del Baño. Al lado de la carretera encontraremos la nave más antigua, fruto del desarrollo de los sesenta; y, a continuación, el cuerpo de oficinas. A lo largo de los años se han sucedido diversas ampliaciones. Recientemente se ha instalado una planta fotovoltaica de generación de energía eléctrica renovable. Desde su fundación se han venido empleando entre veinte a treinta familias, siendo la empresa con mayor creación de empleo de la localidad, aún en épocas de crisis acentuada.

Existen otras naves industriales, tanto en el interior de la localidad como en la zona norte, que acogen pequeños talleres de automóviles, de carpinterias metálicas y de madera, y almacenes para materiales de construcción.

 Escenarios de Fiestas. No es excesivo el calendario festivo frailero. Viene marcado principalmente por las estaciones del año y por la liturgia cristiana, aunque en los últimos tiempos está tomando auge la primera de las celebraciones anuales, la Fiesta del Vino. Desde 1997 el Ayuntamiento de Frailes promociona sus productos típicos de la matanza y los dulces caseros que se elaboran en las panaderías de la localidad. Esta fiesta es la plasmación del deseo de hacer de nuestro pueblo un verdadero paraíso interior, de dar a conocer al público nuestro municipio y la variedad y calidad de nuestra gastronomía. A finales de invierno, la población se abre festivamente aunando cultura y gastronomía, pasado y presente. Con el vino no hay que excederse, hay que beberlo en la cantidad justa. Es como alcanza su grandeza y abre el alma a cuantos saborean el néctar de la uva, sin ningún aditivo, sólo el de la tradición y el proceso natural. Pásate, todo es cuestión de verlo.

Semana Santa. En los últimos años esta fiesta de raíces religiosas está tomando un nuevo ímpetu. La fuerza y el empuje le vienen de la adquisición de nuevas imágenes, como un Nazareno que procesiona el Miércoles Santo. En el Jueves y el Viernes se representan los “Pasos”. Son estos piezas teatrales que tuvieron un especial desarrollo en el siglo XVI. Cada uno de los sucesos importantes de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, son recordados a través de escenificaciones, haciendo de actores los propios vecinos, a los que se les han añadido gentes venidas de otros lugares. Es lo que podríamos llamar fusión de culturas. Desde el año 2000 se ha retomado esta antigua tradición y, ataviados con trajes de la época de Jesucristo, se representan en el cerro de las Carboneras, con textos renovados, pero con el encanto del pasado. El Viernes Santo, se alcanza el cénit. Desfilan casi todas las imágenes que poseemos, y se hace de modo didáctico, contando la historia de la salvación.

San Antonio. Cada 13 de junio, por la tarde, tras la misa en su ermita, procesiona por las calles de su barrio la imagen de San Antonio, acompañada por una banda de música. Se adorna la imagen con cereza, por ser fruta de temporada y con azuzenas que significa que murio joven y virgen. Al terminar la procesión, en la plazuela, se organiza una verbena popular hasta altas horas de la madrugada para que los mocicos puedan pretender a las mocicas. El santo de Padua es muy venerado por los fraileros, y se aprecia en las familias al elegir nombre para los hijos. Hay una mayoría de Antonios y Antonias.

San Pedro. Patrón de Frailes y fiesta local. Tiene su ermita en Las Eras del Mecedero. Cada 29 de junio, con gran solemnidad, se celebra la misa por la mañana, cobijados en el frescor de los nogales de las inmediaciones. Por la tarde, procesión, y, al finalizar, la verbena, en la que chicos y grandes se mezclan en acompasados movimientos. Al día siguiente (San Pedrillo) la liturgia religiosa deja paso a la fiesta popular cuando cae el sol.

Corpus Christi. Desde 1779 cuenta Frailes con una Cofradía del Santísimo Sacramento, y aunque con altibajos, con mayor o menor brillo, se ha celebrado la festividad del Día del Señor sin interrupción. Pero en los últimos años la fiesta está tomando un esplendor que merece la pena conocer. Las calles por la que pasa la Custodia  se adornan con esmero; los vecinos, desde la noche anterior, participan en la preparación de los adornos de fachadas y balcones, cuelgan colchas, mantones y mantillas. Alfombras de flores y colores tapizan las calles. Explosión de luz y color, si el tiempo acompaña. Así es la fiesta en la que el Cuerpo de Cristo recorre las calles de nuestra singular Villa.

Ligada a esta fiesta encontramos la Octava del Señor, que se conoce como Día del Corazón de Jesús. En otros tiempos la misa era por la mañana y los hermanos se reunían y elegían al nuevo Hermano Mayor; por la tarde, procesión, la más larga que se celebraba en la localidad. Hoy día los actos se han trasladado al atardecer. La verbena popular se organiza en las inmediaciones de la Fuente del Nacimiento.

 Fiestas de Agosto. Frailes se viste de gala en el primer fin de semana de agosto para celebrar su feria, un paréntesis festivo entre el ocio y la diligencia, entre el quehacer cotidiano y la preocupación por el futuro. Desde 1981 se viene celebrando la feria en estas fechas. Festejos de todo tipo y para todas las edades: pasacalles, maratón popular, ginkana, concursos de tute y escalera, carrera de cintas a caballo, cuentacuentos, concursos de hortalizas, fútbol de veteranos, y, por las noches, verbena, en la que se baila hasta altas horas de la madrugada.

 Santa Lucía. 13 de diciembre. Dice el refrán que: “Santa Lucía, acorta la noche y alarga los días”. Y eso es lo que sucede cuando entra el invierno, que la luz de la santa siracusana comienza a brillar. Aunque la fiesta se celebraba desde muy antiguo, fue desapareciendo progresivamente a causa de la recolección de la aceituna. Era más importantes este menester que la celebración. La fiesta dejó de celebrarse. En los años 60 del siglo XX, un grupo de fraileros, capitaneados por Luis Cano Martín, retomaron la tradición y desde entonces se festeja a la patrona con función de iglesia por la mañana y procesión por la tarde.


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Página confeccionada por Francisco Miguel Merino Laguna
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