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Crónicas > Nº2 (Primer semestre de 2012)
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LOS POZOS DE LA NIEVE

 

Manuel López Pérez

Cronista Oficial de Los Villares

 

Los proyectos esbozados por el Ayuntamiento de Los Villares para transformar las dependencias del antiguo acuartelamiento militar del Centro de Comunicaciones de la Red Territorial de Mando sito en las cumbres de La Pandera para fines de interés social y recreativo, nos sugiere este breve comentario sobre una de las utilidades económicas que hace muchos siglos se obtenían en aquellas incomparables cumbres. Me refiero a los famosísimos “pozos de la nieve”, curiosas explotaciones que estuvieron en uso hasta bien avanzado el siglo XIX.

Conocidas son las reticencias que el Concejo de Jaén puso a la colonización de la Sierra Sur ante el temor de perder el control económico sobre los muchos aprovechamientos que de ella se obtenían (pastos, leña, caza, etc). Y precisamente uno de esos aprovechamientos eran los “pozos de la nieve”, objeto de nuestro comentario.

Desde el siglo XVI el hielo fue un artículo de lujo muy solicitado por doble motivo.

De un lado, porque era un remedio que se consideraba imprescindible para la favorable resolución de muchas enfermedades y accidentes. La elemental Medicina practicada en aquellos años y la reducida farmacopea de que se disponía, creía ver en la aplicación de bolsas de hielo sobre la zona dolorida o dañada, o en la ingesta de pócimas heladas una mágica solución.

De otro, se consideraba el hielo elemento indispensable para la preparación de ciertas confituras y bebidas.

Como aún no se conocían fórmulas industriales para fabricar hielo, la única forma de conseguirlo era por medio de estos “pozos de la nieve”.

Para ello, en las más altas cumbres de la comarca –y La Pandera con sus 1.870 metros de altitud era una de ellas- se disponían estos ingeniosos habitáculos.

Consistían en unos pozos de ocho o diez metros de profundidad y un diámetro variable que oscilaba entre cinco-quince metros. Como por la naturaleza rocosa del terreno se hacía inviable el profundizar excesivamente, alrededor de la boca se elevaba un murete de piedra en seco y sobre él se disponía una elemental bóveda semiesférica que en su cúspide se abría con un amplio hueco.

 Como en La Pandera la nieve es frecuente, cuando caía una buena nevada subían nutridas cuadrillas de jornaleros llamados “neveros”. Y a base de palas y esportillas recogían la nieve acumulada en aquellas umbrías y con ella iban llenando los pozos.

La depositaban por capas sucesivas que apisonaban cuidadosamente. Cuando el pozo estaba completo, lo tapaban con ramas de aulaga, morisca o bálago para que actuara de aislante. Y luego, todo el habitáculo lo cubrían de barro que al secarse formaba una costra muy consistente.

Quedaba así dispuesto un ingenioso termo que permitía conservar aquel hielo endurecido hasta la llegada del estío.

Cuando se acercaba el verano, las cuadrillas de “neveros”  volvían a subir a La Pandera  y en jornadas agotadoras abrían los “pozos de la nieve”, extraían el hielo y con recuas de burros o mulos, en unos curiosos serones aislados con tamo y paja, caminando de noche por trochas y veredas, llevaban la nieve a su destino.

Lógicamente, una parte se licuaba por el camino, pero como cada mulo solía llevar entre veinticinco y treinta arrobas de nieve, el negocio resultaba rentable.

Esta curiosa industria se regía por un auténtico monopolio municipal. El Ayuntamiento de Jaén que tenía el privilegio de su comercialización, sacaba todos los años a subasta la explotación de los “pozos de la nieve” y quien tomaba la contrata se ocupaba de disponer y llenar los pozos y luego del transporte, para lo que se contrataban mucho peones y arrieros de Los Villares y Valdepeñas.

La nieve, una llegada a Jaén, se almacenaba en unos frescos pozos que existían en las dependencias bajas de las Casas Consistoriales y allí se vendía en reducidas cantidades y a buen precio. Quienes mayor cantidad adquirían eran las “botillerías” , establecimientos parecidos a nuestras actuales heladerías, que a su vez la guardaban en pozos propios.

Este negocio subsistió hasta los últimos años del siglo pasado. Y en años abundantes en nieves llegaba a surtir hasta a la provincia de Córdoba.

Don Pascual Madoz, en 1847, alaba estos “pozos de la nieve”  y al referirse a la zona conocida por “Dornillos de La Pandera”, nos informa que allí “…fórmanse unos grandes hoyos que se llenan de nieve en invierno, se cubren de ramaje y de allí se extrae en verano para abastecer la capital y muchos pueblos de la provincia, en especial Andujar que es el que mas consume. La facultad de hacer estos pozos, acopiar y vender la nieve, se arrienda todos los años por el Ayuntamiento…”

Una heladera valenciana establecida en la capital en 1865, Conchica –Dª Concepción Carvajal Torres- cuyo establecimiento pervivió hasta 1923, fue la última en traer nieve desde las cumbres de La Pandera, cuando ya las modernas fábricas de hielo hacían inútil aquel duro, penoso y a veces peligroso comercio.

Al fijarse los límites de los términos municipales de Jaén, Valdepeñas y Los Villares, concluyentes precisamente en aquellas alturas, los antiquísimos “pozos de la nieve” quedaron repartidos entre las tres localidades. Con todo, el Concejo de Jaén defendió su singular privilegio, consiguiendo la franquicia de seguir explotando estos pozos, aunque la mayor parte de ellos estuvieran en término de Valdepeñas o Los Villares.

Todavía, hasta hace pocos años eran visibles los rastros de tres de estos pozos en el término de Los Villares, aunque suponemos que un paciente trabajo de campo permitiría localizar algunos más.

Modernamente el Ejército se fijó en aquellos andurriales y ocupó el lugar a comienzos de los años setenta para instalar una Base de Helicópteros y Centro Táctico. En 1973 comenzó a funcionar el Centro de Transmisiones número 4 de la Red Territorial de Mando, que dependía orgánicamente del Regimiento de Ingenieros del Pardo.

Las instalaciones eran atendidas por un destacamento de medio centenar de soldados, una docena de oficiales y suboficiales y un capitán-jefe. Lo insólito del emplazamiento y lo sofisticado de las instalaciones rodeadas de un severo control de curiosos y visitantes, disparó la imaginación de las gentes. Muchos bulos y leyendas corrieron sobre la autentica realidad de aquella base de comunicaciones. Había quien decía que desde allí se dominaba la costa africana…y por el pueblo corrió hasta el rumor de que fue el general y expresidente francés Charles De Gaulle (1890-1970) quien había sugerido al Ejército Español la conveniencia de levantar esta base en La Pandera tras su imprevista estancia en Jaén los días 9 al 13 de junio de 1970.

Los planes de modernización del Ejército y la nueva doctrina estratégica puesta en práctica con la aplicación del  Plan Meta, cerraron este destacamento del Regimiento de Trasmisiones Estratégicas número 22. Y con buen criterio, una vez desafectados los edificios, el Ministerio de Defensa cedió su uso al Ayuntamiento de Los Villares por convenio firmado el 30 de julio de 1998.

Ahora se trabaja para crear allí un complejo de ocio y deporte. Una fórmula actualizada de aprovechar aquellas agrestes alturas de La Pandera en las que tantos villariegos se ganaron duramente el pan siglos ha, trabajando sin descanso en los famosos y olvidados “pozos de la nieve”.


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Página confeccionada por Francisco Miguel Merino Laguna
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